sábado, 1 de diciembre de 2012

DIARIO DE UN POTENTADO


De su vuelta por los países nórdicos del Báltico e incursión en las repúblicas de los Rus embarcado en una nave recreativa o una reflexión fenomenológica de como pese a ser algo divertido no lo volverá a hacer.


Nuestro joven cronista ataviado con sus mejores galas


Día uno

Está acabando mi último día con internet. Hablo con Alba antes de irme a dormir y me aseguro de que todas las aplicaciones estén actualizadas. Soy incapaz de recordar la última vez que estuve más de cinco días lejos de la gente, incomunicado del mundo más allá de mis sentidos. ¿Serán suficientes películas y cómics, o me quedaré sin entretenimiento a mitad de camino y me veré obligado a perderme en mi mundo interior? Supongo que siempre me quedará contemplar a mis compañeros en el exilio, con sus coloridas camisas y sus estereotípicas sandalias con calcetines.

Día dos.

Nada más subir al barco he preguntado por el precio de la conexión a internet. 63 centavos por minuto (en otras palabras, tres minutos de internet = una caña). Me han dado un vale por media hora de conexión, y me he sentido como un preso al que le dicen que puede hacer UNA llamada. Tengo que pensar bien cuándo lo voy a utilizar, porque a semejante precio no veo viable pagar por conectarme.

Día tres

La jaula es de oro, pero jaula al fin y al cabo. He paseado, he corrido, he leído, he intentado dibujar sin éxito, he comido. La diferencia entre un preso y yo es que él no paga por su alojamiento. A cambio a mi se me puede caer el jabón sin que pase nada.

Día cuatro

Tercer día desconectado. Los efectos no son aún demasiado graves, pero algunos empiezan a presentar síntomas del síndrome de abstinencia. Mientras visitábamos Copenhague hemos pasado por delante de una cafetería con WiFi gratuito, y media docena de personas se han plantado en la puerta, móvil en mano, para recibir una dosis ínfima que les permita aguantar algo más de tiempo. Hemos tenido que empujarles calle arriba hasta que han perdido la señal para que siguieran caminando.

Día cinco

Otro día encerrado en el barco. Cada vez que encontraba un rincón tranquilo llegaba alguna muchedumbre a dar clases de merengue, jugar al bingo o escuchar una charla sobre las próximas excursiones. Al final he ido a leer debajo de un voladizo cerca de la piscina, ligeramente resguardado del frío y la lluvia. No me había dado cuenta de que pasaba tanto tiempo conectado hasta que no me he visto con todo este tiempo libre en mis manos.

Día seis

Estocolmo es un reducto neoclásico inserto en un paisaje extraordinario. Un diez al dios de tu preferencia por el paisaje, un cero a quien se le ocurriese que rescatar las formas clásicas era una buena idea. Llevo cinco días lejos de internet. Es terrible no poder hablar de chorradas con nadie.




Día siete

Quiero quedarme a vivir en Helsinki.

Día ocho

Rusia. Palacios falsos. Fuentes doradas. Fuentes horteras. Lluvia. Frío. Ladrones con manos como colibríes (que poético,¿no?). Estaciones de metro comunistas. Gorras militares. Catedrales de colores. Paseos por el río. Ensaladilla rusa. Rusia.

                                    
¡Qué país!

Y mañana más de lo mismo.

Día nueve

No quiero ir a la "segunda mejor pinacoteca del mundo", gracias. Tengo la primera en casa y tampoco voy cuando me acerco a Madrid. Tenéis algo de este siglo o vas a estructurar la visita cómo si los últimos cien años no hubieran sucedido? Ah, bueno, si no tenéis ningún museo de arte moderno pues nada, sigamos refocilándonos en obras tardías de Rembrandt. Tampoco es cómo si Malevich fuera demasiado importante.



Día diez

Cerveza en jarra de barro, empanadillas de jabalí y cecina de alce. Esto ya se parece más a lo que yo me esperaba de los países nórdicos.

Día once

Otro jodido día en el mar. El aislamiento empieza a hacer mella en mi. Todos los esperpentos que he visto en este tiempo se perderán en el olvido, tan sólo registrados por mi frágil memoria.

Día doce

He sido acogido por una familia de ingleses vegetarianos. Las circunstancias que han llevado a esto son difícilmente discernibles, pero creo que está claro que algo así sólo podía suceder en un crucero.

Día trece

He hablado de pingüinos bebé y otras cosas adorables mientras escuchábamos música decente por primera vez en dos semanas. Es lo más parecido a estar en casa que me ha pasado durante el viaje. Me he despedido del camarero y del grupo de españoles que se pasan el día cantando y vociferando, y, tras decidir que dormir es de débiles, he visto amanecer sobre Inglaterra, he recogido mi maleta, y me he alejado de ese invento del demonio que son los cruceros.


                                         




                                                                    Sr. Debelius





No todo el mundo en España es pobre y huele mal como vosotros, cuasimendigos, también está esa juventud que es la esperanza blanca del país.
Gente que puede sentir un profundo angst en esa hiperbórea que es para nosotros el norte de Europa.

Emprended malditos.